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Una mañana irrepetible me sorprende en tu casa de Jerez. Me asomo al viejo pozo en que mirabas crecer con devoción tu infancia. La foto del niño Ramón que fuiste me reta a cortar una naranja en el patio interior de tu morada. Lo hago a hurtadillas. Huelo su aroma y la guardo en silencio.
Ahora se ha empequeñecido. En ella caben tus recuerdos más íntimos las contradicciones de tu vida y los demonios que nunca te vencieron y arrojaron tus 33 años a rodar por esas calles empedradas a las que siempre vuelves.
Tu rostro adulto en los salones de la casa desde los baúles que ya no están nos mira siempre llegar como en un ritual sagrado. Este pequeño fruto de tu huerta acompaña ahora mi vigilia y resguarda tu nombre mientras afuera el mundo cae. |